Verónica a verónica fue ganando terreno. Más lenta cada una que la anterior. Más despacio todavía. El toro se dormía en los vuelos del capote y el torero se desmayaba en cada lance. Así llegó a la boca de riego. ¿Una más? Claro. Mecía más que echaba el capote. Ningún cite. Sin brusquedad. Retorcía la figura buscando lo más largo todavía. En otros era un viaje cortito a velocidad cero. De borrachera. Figura barroca. Estampa antigua. Cuando llegó la media, toro y torero estaban ya en la otra punta del platillo. Otra media más de cartel con la música sonando como solo suena en Sevilla. Antonio Ferrera sublimó el toreo de capote. Qué torero.

Ferrera enloqueció física y literalmente la Maestranza que se había rendido a la magia de un inicio que quedó para los anales. 'Sombrerero' tenía un gran son en la embestida. Auguraba cante grande. Empujó en el peto, a lo que Ferrera le respondió sacándolo por caleseras. Vistosidad y riesgo a partes iguales. Había temple en cada viaje y en cada lance. Monstruoso. Tomó los palos, cuadró en dos pares sensacionales pero cuando tenía ya el tercer par en la mano, 'Sombrerero' fue a rematar en el burladero de matadores y se rompió la mano izquierda. No lo devolvió el presidente en primera instancia formando un auténtico altercado público. Cambió el tercio, cogió el teléfono y finalmente lo devolvió. Acto no reglamentario por la incompetencia supina del usía que fue solventada con buen criterio en el callejón.

Ya había pasado el ecuador de la tarde. Padilla exprimió al anodino primero, Ferrera dio una lección con el manso segundo y López Simón se encontró con 'Bellito'. A la postre, este colorado, de buenas hechuras, caja con el peso justo y acapachado aunque recogido de cuerna, fue un toro de nota dentro de la baja puntuación que nos dejó el encierro de El Pilar. El malogrado 'Sombrerero' apuntaba cosas de ensueño pero si la vida es injusta, el toreo es casi un imposible.

Nadie vio lo que tuvo que apreciar Ferrera para ponerse tan de verdad con el segundo. Tocado de pitones, alto, fino de cabos. Suelto como una veleta fue en los capotes, buscando siempre el refugio de las tablas cada vez más cerca de chiqueros. Precisamente allí terminó y fue donde Ferrera tuvo que instrumentar la laboriosa faena tras sendos pares de Padilla y el extremeño de mucha exposición. Lo enceló en la muleta, buscando y encontrando las alturas y distancias. Ahí fue cuando con la mano izquierda extrajo un puñado de muletazos con la franela retrasada, tirando de él, componiendo y llegando al tendido. Pulseando cada viaje, sin brusquedad. Tuvo mérito no solo extraer lo que no tenía sino, además, hacerlo así de bonito. La estocada cayó desprendida, el toro rodó sin puntilla, el público pidió la oreja... y el presidente volvió a quitarle otro trofeo en 'su' Sevilla. .

Las ilusiones se fueron al traste con la lesión del quinto. Nada hacía esperar que saliese un toro mejor que el que se había ido por el desolladero. Certero Lebrija para apuntillar al toro que no acompañó a los cabestros. En su lugar salió otro basto de hechuras, largo de viga y alto de cruz. No tenía nada que ver. Apenas se empleó en el caballo, buscando siempre los pechos, y no banderilleó. A pesar de todo, brindó al público. La falta de fuerza era evidente pero Ferrera lo llevó a media altura, sin someterlo pero enseñándolo, alargando el muletazo un poquito más de hasta donde el toro quería. Y justo en ese momento, cuando encontró la tecla, se rompió con él. Los cambios de mano y los pases de pecho hasta la hombrera contraria fueron de volverse loco. Es que Ferrera torea reunido, encajado y a la vez natural, templado y con verdad. Y eso llega al público. Todo fue muy despacio. El final a dos manos fue el colofón magnífico a una tarde grande. Sin tiempo para sentarse montó la espada, entró y salió prendido por el pecho en unos instantes dramáticos. Volvió a la carga, pinchó arriba y el toro hizo por él. Aún quedaba una, cuando el toro, sin moverse, le tapó la salida pegándole un tornillazo en la barbilla. No había doblado el toro y tenía a Sevilla a sus pies. Rendida. Ferrera volvía una semana después para demostrar que es un torero enorme.

El tercero fue otra historia ya de salida. De mejores hechuras, embistió con buen son en el capote de López Simón que ejecutó un buen toreo de verónica en apenas una baldosa. Peleó en varas con brío y tuvo una fijeza que mantuvo durante toda la lidia en banderillas. El madrileño se colocó en la segunda raya para empezar a torear sin preámbulos. Por la derecha. El toro se rebosaba en cada embestida, colocaba la cara y se abría una barbaridad. Un superclase. Simón ligó con pulcritud tandas que tuvieron en la largura, la reunión y en la limpieza lo mejor. 'Bellito' siguió creciendo sobre el pitón izquierdo siempre tomando la muleta por abajo con una gran humillación. De nota porque mantuvo las cualidades hasta el final de una faena medida en duración. El madrileño pinchó en dos ocasiones y dejó la sensación de que deberíamos haber salido hablando de él. 'Bellito' se fue entre una gran ovación entre algunos gestos circulares que pidieron un premio mayor para él. López Simón también saludó en el tercio.

Padilla solo pudo estar como estuvo, sacando todo lo que tenía un lote ayuno de esas cosas que hacen falta para que aquello rompa. El primero, alto de agujas, montado, arrolló en los primeros lances al jerezano que a punto estuvo de llevárselo puesto. Pareó junto a Ferrera en un áspero aunque vistoso tercio. No tuvo brillantez este aunque Padilla consiguió una tanda de buen oficio mediada la faena. Sin más. El cuarto también fue alto y largo. Tuvo movilidad en los primeros tercios aunque sin terminar de emplearse. En la muleta tuvo nobleza pero sin emoción. Padilla le hilvanó la faena en los medios sin la brillantez necesaria para levantar la tarde. Sevilla quiere al Pirata que saludó dos ovaciones.

Cerró la tarde el toro más feo de todo el envío. Ensillado, enseñando las puntas, muy serio. No tuvo lucimiento los primeros tercios, siempre soltando la cara. Fue incómodo en la muleta por su aspereza y falta de cualquier cualidad. La faena de Simón nunca tomó vuelo.

A Ferrera ya le cantan. La cara en la segunda vuelta al ruedo hablaba del dolor, de la dureza de una vida persiguiendo un sueño. Se veía el reflejo de una lucha que nunca acaba. De una noche que se alarga entre las tinieblas de un nuevo amanecer. Sin orejas pero con reconocimiento. Ferrera estuvo enorme.